¡¡¡ FELIZ NAVIDAD A TODOS !!!
Queridos Reyes Magos:
No sé si me recordarán: soy el lejano niño aquel que medio aprendió a escribir en este ruego epistolar, hace ya tantos años… Sí, el que pedía todo lo que no recibió y que se conformaba -bueno, se conformaba…- con lo que le decía su padre: “Los Reyes no habrán dado con el pueblo, hijo. Este pueblo está muy lejos”. Yo no me conformaba, porque a los vecinos ricos de la calle sí que les traían cosas, las que pedían y las que ni podían imaginar, que no sé cómo a mí no me traían siquiera lo que ellos no esperaban y les sorprendía.
Soy aquel niño que todos los años, sin perder ni una hoja de esperanza, volvía al papel, a la tinta, al ruego, al buzón (¿en qué valija del aire están, esperando respuesta, todas las cartas de niños pobres de la historia?)… Magos de mi infancia, benditos y siempre perdonados Magos de mi niñez, aquella niñez que al final acababa siempre igual: jugando en el corral, en un montón de tierra, con sus propias manos, unas manos que querían hacer todo lo que hubieran hecho los regalos que nunca tuve. Mis Reyes, como no había noticias de ustedes, fueron los niños que se cansaban de sus juguetes, que los daban, averiados, pero los daban. Y yo convertía mi juego en un país de inválidos que me hacían feliz.
Soy aquel niño que si bien no lloró nunca al ver su ventana sin los juguetes pedidos, lloró cuando alguien le dijo que los Reyes eran los padres… Y es que, por pobres que fueran ustedes, más pobres eran mis padres, y a mis padres sí que no podía yo pedirles aquel mundo de los escaparates del pueblo: una escopeta, un balón, una bicicleta… De modo que lloré por pobre, no por ser un niño sin juguete, no porque los Reyes no dieran con mi pueblo. Lloré como lloro ahora, Reyes Magos de mi edad adulta, Reyes Magos de todos los 6 de enero vividos con conciencia. Y no lloro tanto por lo que no me traen como por lo que se han llevado las estrellas, el viento, el río, el tiempo. No sé también si ustedes saben que mi infancia quizá duerma en una de esas cajas de la vuelta a Oriente, en cualquier bulto de sobra, que hay infancias que saben esconderse entre los juguetes y los sueños y no hay quien las encuentre. Si lo sabré yo, majestades…
Les escribo no para que me traigan lo que nunca me llegó, sino para que me devuelvan lo que fue mío, mío, egoístamente mío, y que se me perdió en las huellas de sus camellos, en los sueños de Navidad, en los caminos blancos y fríos de diciembre, de enero, cuando la yerba pinta el campo para los hombres del campo y para los poetas. Quisiera hallar en la ventana del 6 de enero -o en la ventana de cualquier día, miren si les doy facilidades- la voz de mi padre, sus ojos, su sonrisa, el calor de sus manos, su aliento, siquiera el olor de aquel rey mago de todos los días de mi vida, que siempre vino cargado con la bondad y una mirada de esperanza. Quisiera recuperar el tiempo, el tiempo de mi infancia -sin juguetes, sin lujos, sin desahogo de familia pudiente- en el campo, en las calles abiertas del día, en los ratos largos -aquellos ratos en los que un niño podía cumplir años dos veces- del juego en libertad, los días del camino a la escuela en busca de la aventura de hallar una palabra nueva, una nueva ciudad, un pasaje de la historia que estaba al volver la página del libro recién abierto.
Por eso pido mi niñez, mi tiempo, siempre ancho, los míos, quienes estaban conmigo construyendo este sueño. Pido me inocencia, mi fe, mi ilusión. Pido el niño que no se me muere, el que se entristece cuando me ve mayor y peor que solo: lleno de ausencias terribles.
Pónganme en la ventana de cualquier día -sigo dando facilidades, ya ven- cualquier día de aquellos en los que yo creí que el despertar de los sueños tendría los mismos personajes que el inicio. Busquen entre esos bultos; es posible que, escondido entre una ilusión y una esperanza, unas cartas de torpe trazo y una fe, hallen un chiquillo que creyó en todo una vez. Incluso, y a pesar de todo, en ustedes.
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