En la tercera etapa de este itinerario vamos a hablar sobre el Libro Sagrado del Cristianismo un poco más esquematizado: La Biblia
Tiene 2 grandes bloques: Antiguo Testamento y Nuevo Testamento.
La historia que explica en su interior es religiosa y consta de toda la historia del Cristianismo desde el principio de los tiempos (con la creación de la Tierra) hasta la iniciación de los primeros pasos de la Iglesia.
Se organiza en libros(es una biblioteca) que se dividen a su vez en capítulos y después en versículos.
Por último cabe destacar el proceso de formación de la Biblia:
Se produce un acontecimiento
Se reflexiona sobre ese acontecimiento
Esta reflexión se transmite oralmente
Estas tradiciones orales se ponen por escrito (primero sueltos y luego se unen para formar libros)
Estos libros en forma de rollo se leen en familia y celebraciones religiosas
Todos los libros se reúnen formando la Biblia actual
No sé si me recordarán: soy el lejano niño aquel que medio
aprendió a escribir en este ruego epistolar, hace ya tantos años… Sí, el
que pedía todo lo que no recibió y que se conformaba -bueno, se
conformaba…- con lo que le decía su padre: “Los Reyes no habrán dado
con el pueblo, hijo. Este pueblo está muy lejos”. Yo no me conformaba,
porque a los vecinos ricos de la calle sí que les traían cosas, las que
pedían y las que ni podían imaginar, que no sé cómo a mí no me traían
siquiera lo que ellos no esperaban y les sorprendía.
Soy aquel niño que todos los años, sin perder ni una hoja de
esperanza, volvía al papel, a la tinta, al ruego, al buzón (¿en qué
valija del aire están, esperando respuesta, todas las cartas de niños
pobres de la historia?)… Magos de mi infancia, benditos y siempre
perdonados Magos de mi niñez, aquella niñez que al final acababa siempre
igual: jugando en el corral, en un montón de tierra, con sus propias
manos, unas manos que querían hacer todo lo que hubieran hecho los
regalos que nunca tuve. Mis Reyes, como no había noticias de ustedes,
fueron los niños que se cansaban de sus juguetes, que los daban,
averiados, pero los daban. Y yo convertía mi juego en un país de
inválidos que me hacían feliz.
Soy aquel niño que si bien no lloró nunca al ver su ventana sin los
juguetes pedidos, lloró cuando alguien le dijo que los Reyes eran los
padres… Y es que, por pobres que fueran ustedes, más pobres eran mis
padres, y a mis padres sí que no podía yo pedirles aquel mundo de los
escaparates del pueblo: una escopeta, un balón, una bicicleta… De modo
que lloré por pobre, no por ser un niño sin juguete, no porque los Reyes
no dieran con mi pueblo. Lloré como lloro ahora, Reyes Magos de mi edad
adulta, Reyes Magos de todos los 6 de enero vividos con conciencia. Y
no lloro tanto por lo que no me traen como por lo que se han llevado las
estrellas, el viento, el río, el tiempo. No sé también si ustedes saben
que mi infancia quizá duerma en una de esas cajas de la vuelta a
Oriente, en cualquier bulto de sobra, que hay infancias que saben
esconderse entre los juguetes y los sueños y no hay quien las encuentre.
Si lo sabré yo, majestades…
Les escribo no para que me traigan lo que nunca me llegó, sino para
que me devuelvan lo que fue mío, mío, egoístamente mío, y que se me
perdió en las huellas de sus camellos, en los sueños de Navidad, en los
caminos blancos y fríos de diciembre, de enero, cuando la yerba pinta el
campo para los hombres del campo y para los poetas. Quisiera hallar en
la ventana del 6 de enero -o en la ventana de cualquier día, miren si
les doy facilidades- la voz de mi padre, sus ojos, su sonrisa, el calor
de sus manos, su aliento, siquiera el olor de aquel rey mago de todos
los días de mi vida, que siempre vino cargado con la bondad y una mirada
de esperanza. Quisiera recuperar el tiempo, el tiempo de mi infancia
-sin juguetes, sin lujos, sin desahogo de familia pudiente- en el campo,
en las calles abiertas del día, en los ratos largos -aquellos ratos en
los que un niño podía cumplir años dos veces- del juego en libertad, los
días del camino a la escuela en busca de la aventura de hallar una
palabra nueva, una nueva ciudad, un pasaje de la historia que estaba al
volver la página del libro recién abierto. Escribo con esa esperanza, la de hallar lo perdido, lo arrancado sin
que apenas me diera cuenta. Quiero hallar las voces de mis amigos que se
fueron una tarde entre dobles y rezos, unas coronas y un olvido que
empezó a madurar apenas se puso el sol sobre las tapias del cementerio…
Quiero que me traigan las noches frías de la familia unida y reunida,
que se cerraba la puerta de la casa y era como cerrar la mano: todo
quedaba dentro. Quiero los días de sueño, la imaginación desnuda,
aprendiendo a andar por las palabras, las ideas, las luces del día, la
lluvia, la tierra, la noche… No quiero pensar que perderé para siempre
todo lo perdido. Debe de estar en algún sitio, majestades, Reyes Magos
amigos. Tráiganmelo, ahora que los días distintos empiezan a contar
ausencias, sin piedad, y descubrimos que estamos más solos de lo que
creemos. Tráiganme los ojos, la voz del recuerdo travestido de olvido,
el recuerdo que golpea en las paredes del corazón, de la memoria.
Tráiganme los días felices, idos, lejanos, ¿perdidos?, míos, que los
siento aquí, donde la verdad no admite rincones para que la escondamos.
Tráiganme silencio, paz, concordia, inocencia, fe, ilusiones… Les
escribo para que me traigan todo eso, y más, las viejas palabras
gastadas que alguien conserva todavía a la orilla de una esperanza… A
cambio, llévense la edad, el triste saber del camino andado, los años de
camino, esto que llaman valor de la edad, la posición, la holgura, el
reconocimiento social, el mentiroso éxito de lo diario, de lo que no
podrá ser eterno nunca, o sea, estas hojas falsas de este árbol de
plástico en que se ha convertido el esqueleto. Porque también les escribo para que recojan esta equivocada cosecha
que soy. Para que se lleven todos estos trabajos, todos estos muebles,
todos estos bienes, todos estos logros, todos estos fracasos que llaman
triunfos… Quiero lo perdido, que es lo más deseado, “se canta lo que se
pierde”, dijo un poeta de la tierra. Porque ya, majestades, nada de lo
que tengo me puede hacer del todo feliz. Porque ya todo esto que soy
depende de lo que tuve y no tengo. Y ya nada de lo que ayer buscaba y
hoy he hallado, tiene el sabor de la búsqueda. Yo buscaba esta edad,
estos trabajos, esta casa, estos muebles, estos días míos con otras
gentes, por un camino que no es éste, con una ilusión que no es ésta. He
llegado, más o menos, al sitio que pretendí, pero no están quienes yo
soñaba que estuvieran conmigo para celebrarlo. Esto ha sido despertar y
no hallar del sueño más que el aire amargo de la ausencia.
Por eso pido mi niñez, mi tiempo, siempre ancho, los míos, quienes
estaban conmigo construyendo este sueño. Pido me inocencia, mi fe, mi
ilusión. Pido el niño que no se me muere, el que se entristece cuando me
ve mayor y peor que solo: lleno de ausencias terribles.
Pónganme en la ventana de cualquier día -sigo dando facilidades, ya
ven- cualquier día de aquellos en los que yo creí que el despertar de
los sueños tendría los mismos personajes que el inicio. Busquen entre
esos bultos; es posible que, escondido entre una ilusión y una
esperanza, unas cartas de torpe trazo y una fe, hallen un chiquillo que
creyó en todo una vez. Incluso, y a pesar de todo, en ustedes.